
“Corazón del agronegocio”, “Ciudad archipiélago”, fueron algunas de las particularidades con las que escuchamos denominar a Rosario. También podríamos agregar otras características: como la de estar enclavada en una de las provincias sojeras por excelencia; o ser una ciudad rica rodeada por grandes cordones de pobreza (como los barrios habitados por originarios tobas desalojados de su Chaco natal); o también liderar el triste ranking de obreros de la construcción muertos por condiciones de trabajo precarias, en obras impulsadas por el excedente rentista (y sojero). Sí, la sensación de que todo parecería vincularse a la semilla transgénica se refuerza con la presencia de la Bolsa de Comercio de donde sale la cotización de los granos (al mismo nivel que la Bolsa de Chicago), que luego se exportan. Y cerquita de allí, la Fundación Libertad, un "garito" de empresarios neoliberales que este año organizaron un seminario con los principales referentes de la derecha internacional (Aznar, Vargas Llosa, funcionarios de Bush). Moviéndonos por la costanera del Río Paraná hacia San Lorenzo, encontramos los puertos privados de las principales agroexportadoras, las únicos beneficiadas por un monocultivo que desaloja, contamina y amenaza la soberanía alimentaria; allí nomás, en ese mismo río donde casi no hay pescadores por la contaminación proveniente del cordón industrial y la depredación pesquera de barcos extranjeros.

Pero sería injusto definir Rosario sólo a partir de esto ya que la continua y variada resistencia le imprime matices y fisuras al orden dominante: las iniciativas de arte independiente, la práctica de los medios alternativos de comunicación, la lucha docente, estudiantil y obrera, las actividades gestadas en los espacios culturales barriales, la organización de las redes de comercio justo y la admirable forma en que llevan adelante proyectos de variada índole (parrillas, supermercados, talleres, etc.) los trabajadores que recuperan espacios y se autogestionan. Uno de estos lugares nos cobijó generosamente: La Toma, ex supermercado Tigre, hoy centro cultural, espacio con emprendimientos de economía solidaria, comedor popular, autoservicio, pero fundamentalmente, otra muestra de solidaridad entre trabajadores que se organizan sin patrón.